Aguas de Luz

Invitación a fluir, confiar y despertar


Al empezar el nuevo año, el mundo parece respirar con nosotros: una exhalación de lo antiguo, una inhalación de promesa. En este umbral delicado, se nos invita a sentir nuevamente el pulso de la vida moviéndose en nuestro interior, a confiar en las corrientes sutiles que susurran guía y a descansar en el saber de que somos sostenidos por algo infinitamente sabio y amoroso.

Existe una historia que a menudo se comparte en el camino ontogónico sobre un buscador que vagó durante muchos años en busca de claridad. Un día, cansado del peso de la incertidumbre, se sentó junto a un río. Las aguas brillaban con la luz, danzando alrededor de piedras y raíces, dando forma a su curso con una gracia nacida de la confianza absoluta. El buscador observó cómo el río se entregaba a un alto acantilado, cayendo en el espacio abierto con total devoción, transformándose en un velo radiante de niebla y movimiento. Fue en ese instante, en ese salto sin esfuerzo hacia lo desconocido, cuando el buscador reconoció la verdadera naturaleza de la liberación: no un esfuerzo, no un aferrarse, sino la disposición a ser guiado por las aguas vivas del interior.

Esta imagen habita profundamente en el corazón de las enseñanzas de Ontogonía, recordándonos que el camino no consiste en forzar nuestro paso por la vida, sino en abrirnos al flujo que ya nos sostiene. El río no se resiste a la forma del mundo; aprende de cada curva, cada piedra, cada orilla suave. No teme la caída de la cascada; se vuelve más luminoso a través de la entrega. De la misma manera, nuestra práctica interior nos invita a suavizarnos, a soltar aquello que carga el corazón y a permitir que la Gracia dé forma a nuestro devenir.

Cada año, Carlos nos recuerda que la transformación no ocurre aferrándonos a lo que fue, ni apresurándonos hacia lo que creemos que debe ser, sino a través de una presencia profunda. La presencia convierte la experiencia en sabiduría y el desafío en evolución. La presencia es la poza silenciosa bajo la cascada: quieta, reflectante, y a la vez nutrida por mil corrientes.

En esta temporada de renovación, estamos llamados a beber de las “Aguas Vivas” que nutren el alma. Estas aguas fluyen a través de la oración, la meditación, el movimiento, el servicio y el valor de ofrecernos a lo desconocido. Fluyen en los momentos de compasión, en la apertura del corazón y en el simple acto de presentarnos a nuestro propio crecimiento, respiración a respiración. Nos invitan a despertar no solo para nosotros mismos, sino para todos aquellos cuyas vidas son tocadas por la nuestra.

A medida que las aguas luminosas caen, dispersan arcoíris en el aire, recordándonos que la luz siempre está presente, incluso en medio de la turbulencia del cambio. La Gracia se revela no como algo distante, sino como un resplandor silencioso en cada gota, en cada instante, que nos invita a una verdad más profunda.

Que el 2026 se despliegue con la fluidez del agua y el brillo de la luz, invitando a la suavidad donde hubo tensión, a la claridad donde hubo confusión y a la expansión donde hubo límites. Que fluya con propósito y, a la vez, permanezca abierto al misterio. Que descubramos fortaleza en el ceder, iluminación en la entrega y gozo en el simple acto de dejarnos llevar por la corriente “Divina”.

Que este año sea una inmersión gentil en el río sagrado de la vida, donde cada paso se vuelva un gesto de devoción, cada respiración una renovación y cada decisión un acto de conciencia. Y que la “Gracia” que se mueve a través de todas las cosas se mueva también a través de nosotros, permitiendo que nuestra presencia bendiga al mundo de formas visibles e invisibles.

Al continuar este camino juntos, recordemos que somos el río, somos la luz, somos la cascada brillante, y que la “Fuente” fluye interminablemente a través de nosotros, guiándonos de regreso a casa con cada movimiento del corazón.

Con calidez y unidad,
El Equipo de Ontogonía

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